Marcos Martos Carrera
Escrito porAuthor: Marcos Martos Carrera
Periodista y docente universitario

Recuerdos juveniles

Conocí a Javier Heraud en la Universidad Católica. Alto, siempre de traje, pocas veces con corbata, caminaba desgarbado haciendo equilibrios en el patio empedrado. Entraba y salía apresurado, con Mario Sotomayor, o rodeado de dos o tres muchachas, las musas de aquellos años, Adela y Adela, las Adelitas, primas ambas de una belleza que muchos conservan cristalizada en la memoria.

El recuerdo más intenso que tengo de Javier es haberlo acompañado a San Marcos en 1961 para escuchar a Jorge Guillén, una noche en la que Wáshington Delgado hizo el elogio del poeta español. Ahí conocí a Arturo Corcuera. A César Calvo lo admiré pronto. Me gustó mucho su primer libro, y en 1963, de manera anónima estuve entre los que escucharon su lectura, en la puerta de la Casa de la Poesía, en la bajada de baños de Barranco, de Ausencias y retardos.

Un tiempo más tarde, no puedo precisar cuándo, tal vez en 1965, Calvo me visitó en la Universidad Católica para darme palabras de aliento; había leído unos poemas míos que le habían gustado.

De Calvo se decía que era un bohemio, algo que yo no quería ser de manera muy firme. Había visto desde siempre a muchos desperdiciar su talento conversando entre cervezas o piscos, pero hubo una instantánea simpatía. Creí ver –y no me equivocaba– que detrás de la máscara histriónica que se colocaba, detrás del riguroso oropel: traje negro, bastón, corbata mariposa, había un poeta de verdad con alma de niño. Y fui su amigo intermitente.

También me conoció pronto y seguramente no sin ironía tomaba café con leche conmigo algunas veces, en las mañanas. Años más tarde, Max Silva nos juntó algunas veces o Francisco Bendezú, al que ambos, César y yo, siempre consideramos un hermano. Ahora que César Calvo ha entrado en las sombras, para recordarlo tal como era, releo uno de sus poemas que lo define con mano maestra:

Qué niño cruel un libro en blanco

hojea sin párpados y rasga

la página más nuestra!

Ceniza, no rocío, es la fortuna

de las flores que crecen como estrellas:

son de ventura sólo si fulguran y fulgurar

es siempre su tragedia.

Quédate así, penumbra en la penumbra

que bebo solo porque a ti me lleva.

Alguien, tras de la puerta, me apresura.

Y sé bien que no hay nadie tras la puerta.

Esta es la paradoja: César Calvo, hombre de tantos amigos y amigas, estuvo solo toda su vida, solísimo.