Carlos Orellana
Escrito porAuthor: Carlos Orellana
Periodista y escritor

Querido diario

Hasta ahora el coronavirus no ha podido con el inefable Dr. Tristán de la Tachuela. He aquí una página más de su diario.

17 de abril de 2020

Querido diario: ya me había olvidado de ti. Y es que estoy en verdad asustado. Somos un barco con un capitán que habla mucho y eso no es bueno. Uno habla demasiado cuando está nervioso o inseguro, o cuando quiere enchufar una mentira con bastante lubricante. Me inquieta lo que a otros alboroza: la presencia de algunos animales de aire, mar, tierra y profundidad, que no veíamos más que en fotos, pero que hoy se aventuran a invadir los territorios del sapiens. Una gaviota flacucha se paseaba el otro día en la madrugada en una avenida Arequipa desierta. ¿Qué cosa? Ahora las tortugas de mar aparecen en Barranco nadando estilo mariposa. ¿Qué cosa?

Algunos amigos están contentos porque la naturaleza nos ponen en nuestro sitio y nos demuestra que con ella no se juega. Bueno, en algo tienen razón porque hemos estado abusando de ella, aunque ‘hemos’ es mucha gente. En realidad son las condenadas corporaciones y en general los intereses en torno al petróleo y la industria automotriz, los que joden el planeta.

Hay en Lima, querido diario, un millón de autos chatarra que producen 1’785,258.33 toneladas de CO2 por año. Estos días abro la ventana de mi dormitorio y noto algo raro: limpio mis gafas, veo a la distancia parte de la ciudad sin nubosidades, con una limpidez que no había visto nunca. Y, para ponerme más exquisito, descubro otros colores en las casas y el cielo, como si alguien en la madrugada hubiera retocado el paisaje, vamos le hubiera echado un poco de barniz a una pintura opaca. Claro, ya no hay combis ni buses, ni autos de los 60 y 70 por las calles.

Pero cuidado, que la carne viene con su huesito más. Ya en algunos lugares de Lima hay algunos otros visitantes no tan gratos: las plagas de polillas y zancudos. Y por primera vez he visto cucarachas del tamaño de un juguete caminar por las noches por mi cocina en busca de la cena. Me imagino como andarán las cocinas de los restaurantes, especialmente chifas, que están en para. Las cucarachas son superinteligentes y ya alguna nueva generación debe haber descubierto cómo entre todas pueden abrir una congeladora, son capaces de todo. Kafka se queda chicote.

¿Y las ratitas de los parques? Falta poco para que se morfen a los gatos callejeros desprevenidos. Y falta que los gallinazos que están esperando que el MINSA falle (perdonen el humor negro) sean desplazados de nuestras azoteas por pajarracos de mayor tamaño: los cóndores. Yo ansío vivir el tiempo necesario para ver a un Condorcanqui planear sobre San Borja, exactamente sobre la cola de compradores a la puerta de un supermercado.

¿Qué estoy zampado? No, amigos, solo estoy entreteniendo al coronavirus con un buen oporto. Salud y nos vemos en noviembre. Junten plata para los regalos navideños.