Eduardo González Viaña
Escrito porAuthor: Eduardo González Viaña
Periodista, escritor y docente universitario.

Los consejos de mi padre

En la casa de mi infancia había un cartelito colgado por mi madre que decía: “Dios mío, ojalá que en esta casa no entren ni médicos ni abogados”.

Sin embargo, un abogado entraba y salía todos los días de casa. Era mi padre. Además, mamá tenía dos hermanos abogados. Y por fin, muchos años después, yo recibiría el título que me recomienda defender “las mejores causas” y también lo haría en su momento mi hija Anabelí. Todo lo cual revela el excelente sentido del humor de mi madre y ofrece la evidencia de que existen ciertas enfermedades de familia.

Vivíamos en Pacasmayo. Además de abogado, el Dr. Eduardo González León, mi padre sembraba arroz. Un día que estábamos en el fundo, descendió del caballo e hizo que yo bajara del mío, se inclinó hacia uno de los semilleros y extrajo de allí un poco de barro que luego esparció sobre mi cara.

-¡Besa la tierra, hijo, porque de ella vas a vivir!

Un día como hoy, 29 de mayo, el hombre que me enseñó a besar la tierra y a amar la justicia falleció en un accidente automovilístico del que no quiero hablar porque todo el tiempo que recuerdo a mi padre lo hago con una sonrisa.

Me recibí de abogado, pero he estudiado otras disciplinas y ejercido otros oficios como los de periodista, catedrático en Estados Unidos y escritor, pero nunca olvido el consejo que me dio papá cuando advirtió que mis pasos iban por el descarriado sendero de la literatura.

“Es evidente que vas a ser escritor”- me dijo y añadió: “Por lo tanto, es preciso que leas con amor y atención el Código Civil. Fíjate bien cómo está escrito: no hay un solo adjetivo en sus páginas. No hay una sola palabra que sobre… y no hay ninguna que falte. Solamente cuando escribas así, serás de verdad un escritor.”

Y eso es lo que he intentado hacer toda la vida y lo que me ayuda a saber si mi prosa es limpia y si mi texto convence, deleita o inspira. Tal es también la madera de la que están construidos los recursos del litigante cuando tratan de ser eficaces y los mandatos del juez cuando son completos, en ambos casos cuando los textos se escriben por apetito de justicia y no por gula de palabras.

Hay algo que mi padre añadió: “Si de todas maneras también quieres ser abogado, estudia y aprende bien la noción del acto jurídico, y lo serás. De paso, eso te servirá para saber si eres un hombre correcto.”

Para los profanos, al decir “acto jurídico”, mi padre se refería a las relaciones consensuales en mérito de las cuales dos o más partes se ponen de acuerdo para establecer un contrato, armar una empresa, casarse, arrendar una casa, comprar un bien u ofrecer un servicio, vale decir para que los hombres hagan el milagro cotidiano de edificar una sociedad y de vivir en armonía.

Poco tiempo he ejercido la profesión de abogado, pero todo el tiempo vuelvo a los principios jurídicos que me hacen saber si mis acciones son correctas, y siempre trato de escribir como lo aprendí en Código Civil, y por todo eso, vuelve a mi recuerdo la imagen de mi padre levantándose de la mesa del almuerzo para atender a un cliente. “Discúlpame -le dice a mi madre- pero debes entender que un abogado es como un sacerdote, y debe llevar la paz a quienes la necesitan.”