Carlos Orellana
Escrito porAuthor: Carlos Orellana
Periodista y escritor

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Cada cierto tiempo vuelvo a publicar este texto que apareció en la columna 'Esquirlas' que escribía en 'El Peruano', lo escribí a mediado de los noventa. Mas tarde todas estas notas fueron recogidas en un libro con el mismo título de la columna.

Cuando alguien en el Perú se muere, es como si toneladas de tierra cayeran sobre la memoria colectiva. Por eso se dice que aquí no hay muerto malo. Al occiso le concedemos esa inmensa gracia que no concederíamos ni al más noble y santo de los vivos: nos olvidamos automáticamente de aquello que pueda macular su biografía.

En los entierros de algunos canallas he podido escuchar a improvisados oradores, que en vida del difunto nunca se presentaron como amigos de éste, decir maravillas del ausente a tal punto que, confundido hasta las cachas, he pensado que no era ese el funeral al que estaba citado. O peor aún, abrumado por el repentino conocimiento de virtudes que nunca supuse adornaran a semejante pecador, me he preguntado sencillamente si conocía al fallecido.

He llegado a la conclusión de que las palabras y los homenajes con que despedimos o nos referimos a los muertos son como las flores, simplemente una costumbre y una piedad al por mayor, sin mucho costo.

Si ya se fue, si ya reventó y va a dejar de fregar al género humano, despidámoslo como no se merece. Esa parece ser la lógica que está en la base de nuestra inautenticidad y nuestra hipocresía. Porque si fuéramos sinceros no dijéramos nada, incluso mandaríamos unas pobres flores marchitas que es todo el tributo que se merece quien en vida nunca iluminó nada y más bien echó sombra a otros. Más lógico aún sería no asistir a los sepelios y dejar a estos muertos solos con la tierra, la pala y la atenta mirada de Dios.

Y es que recuerdo un versículo de Proverbios: " Todo hombre es limpio y justo según su propia opinión, pero Jehová pesa los espíritus." Así, pues, ni lo que el difunto haya dicho de sí mismo, ni lo que puedan decir quienes lo despiden, podrá servir de mucho.

Pero estoy seguro que esta costumbre continuará, y que algunos muertos que no lo merecen se seguirán beneficiando de una suerte de amnistía que decretamos para convencernos de que perdonamos a nuestros deudores, siempre y cuando se mueran como es debido.

Y cuando se muere alguien importante que no fue nunca buen cristiano (es un decir) hasta le ponemos su nombre a una calle o una plaza. No hay, pues, muerto malo en el Perú.