César Campos Rodríguez
Escrito porAuthor: César Campos Rodríguez
Periodista y analista político

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Así solía decirle, con los brazos abiertos, cada vez que tuve la suerte de encontrarlo en diversas reuniones, la mayoría convocadas por periodistas, Me devolvía el saludo con enorme cordialidad, preguntándome siempre por la familia, mis hijos y actividades.

No preciso la ocasión que lo conocí pero fue en la década de los 80 cuando él ejercía la dirección de La Prensa. Y quedaba paralizado y agradecido al cielo de estrechar la mano de estos gigantes del periodismo nacional, a quienes había seguido desde muy chica. En casa, por decreto de mi madre, solo se leía el diario al que Pedro Beltrán convirtió en un ícono de modernidad informativa. Jamás soñé que con el tiempo, mis ídolos Mario Castro Arenas, Alfonso Grados Bertorini, Luis Enrique Tord, Luis Rey de Castro, entre otros, me premiaran con su afecto y amistad.

En este círculo estuvo Arturo Salazar Larrían. Al principio me impactaba su manera tan directa y sentenciosa de opinar, sobre todo de política. No tenía filtro alguno, dañando las aprehensiones partidarias de mis jóvenes años. Perú aún así, sentí que su afán no era reprocharme ideas o creencias sino acostumbrarme a la dialéctica de polemizar y obtener conclusiones razonables de los acontecimientos nativos.

Poco a poco fui enriqueciendo el conocimiento de su trayectoria y peripecias. Para su grado en Derecho por la Universidad Nacional de San Marcos, elaboró una tesis sobre la legislación universitaria teniendo como asesor de la misma  a Jorge Basadre, de quien luego sería su secretario cuando éste fue nombrado Ministro de Educación en el segundo gobierno de Manuel Prado. Siendo estudiante, ya había incursionado en el periodismo por iniciativa de Beltrán, de quien se convertiría en cayado ideológico de una corriente de pensamiento aplastada injustamente varias décadas por las trifulcas del marxismo y el Apra: el liberalismo.

También supe de su trayectoria pública como regidor de la Municipalidad de Lima, en las dos gestiones de Luis Bedoya Reyes. Pese a su juventud en eso años, la cabellera se le pobló de canas promoviendo que el genial Sofocleto lo bautizara con el apelativo desopilante: raspadilla sin jarabe. En este ejercicio comunal, Arturo perfeccionó sus reflexiones sobre la demografía determinando –en una tesis todavía vigente- que somos un territorio subpoblado.

Lo seguí también como congresista 1995-2000. Fui feliz de verme involucrado –junto a Rafael Rey y Martín Santivañez-en la iniciativa de la USIL de otorgarle un Honoris Causa en julio del año pasado. Hoy que ha partido a la eternidad digo con franqueza que me sobrarán motivos para extrañarlo y reconocerlo siempre como un peruano iluminado de gran señorío y coraje. Hasta apronto gran Arturo.