Eloy Jáuregui
Escrito porAuthor: Eloy Jáuregui
Periodista, poeta y docente universitario.

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Cuando Cheo Feliciano canta “Sobre una tumba humilde”, dice: “Yo no te pude hacer un monumento / de mármol con inscripciones a colores / pero a tu final morada vengo atento / dejando una flor silvestre y mil amores”. Y ahora, ni eso. Que la muerte en el Perú es una licencia sin prosapia ni caché.

Y hay una versión oficial que insiste en llamar a los difuntos, muertos oficiales. Y no es así. Aquí se muere sin adioses ni duelo. Anónimos, los muertos son una cifra pública, un digito, un cupo. Y el país es una fosa común que se incrementará con más muertos a consecuencia de las heladas y el friaje que ya aquejan a las comunidades altoandinas del sur.

Yo que casi estuve muerto en las fauces del COVID-19, sé de lo que hablo. Por ello me obligo al trabajo riguroso del periodismo. A ese espacio ético e innovador de los cronistas que estamos en el vórtice de la peste. No especulo ni milito en la patraña. Y en eso estoy comprometiendo a mis colegas.

Porque ahora me creen más. Porque por estar agónico me crecieron los amigos. Y son miles. Y me escriben y me llaman. Y me dicen que me cure y que rezan por mí. Y en este país donde la clase política y la mafia económica usan el Estado como botín, pues abrazo (con el omóplato) a mis nuevos amigos. Les juro que los quiero. Y que la muerte no nos cazará a pecho calato. Y seguiremos combatiendo.