Marcos Martos Carrera
Escrito porAuthor: Marcos Martos Carrera
Periodista y docente universitario

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Ricardo Palma, es, sin duda, uno de los pocos autores de nuestra literatura que los peruanos podemos acceder con mucha familiaridad, puesto que está incorporado a los programas escolares hace muchos años. Este hecho estadístico no es necesariamente fuente de su popularidad. Probablemente la primera razón de su aceptación por todo el que lo lea es que conecta de un modo absoluto con todo tipo lector, en primer lugar, con los niños. La experiencia de lectura que tenemos, la primera, es la inolvidable. De manera que leer a Palma en la escuela primaria garantiza su perdurabilidad en nuestra memoria. Ahí está aquel sacerdote realista Zapata que tenía el placer de llamar Martín a José de San Martín y al que este bautizó como Pata, mediante decreto supremo. Y ahí está el mariscal Ramón Castilla jugando con el dije que semejaba un cañoncito, intrigado sobre lo que le iba a pedir el ciudadano que se lo había regalado. Esta primera impresión definitiva se va haciendo más rica con el paso de los años, en la medida que nuestra propia vida se va haciendo más variada y compleja. Palma tiene una tradición o muchas tradiciones para todo tipo de lector.

Cuando los adolescentes o los adultos jóvenes sienten la poderosa garra del amor, Palma tiene siempre una palabra amable para matizar los sufrimientos y las alegrías de ese vendaval. El lector ciudadano, interesado por asuntos del poder, tiene numerosas tradiciones que lo tratan detrás de bambalinas, no en sus fastos y grandes decisiones, sino en el día el día, en las arbitrariedades y caprichos de las conductas humanas.

En las tradiciones, hay un Palma para cada uno de los lectores, y cada quien sabe qué tecla secreta de nuestros intereses toca con su pluma prodigiosa. En mi caso, siendo adolescente, la magia de su escritura comunicó con mis intereses cuando pude leer la tradición “Los incas ajedrecistas” que versa sobre las habilidades en el juego de los escaques de Atahualpa, quien aprendió de sus captores españoles a mover los trebejos. En el escrito que comentamos, Palma, una vez más, de relacionarlo todo. De manera zahorí aprendemos que en ajedrez los observadores no deben intervenir de ninguna manera en el transcurso de la partida, que deben permanecer en silencio, sin dar muestras de apoyo a uno de los antagonistas. En ajedrez no hay barras. Como dice la conseja popular, en ajedrez “los mirones son de palo”. Y aprendemos de una vez para siempre como los hechos de apariencia nimia, pueden modificar la historia. La tradición de marras, dedicada a Evaristo P. Duclós, me llevó a averiguar quién era o había sido este personaje. Pude saber que se trataba de un dentista francés, afincado en Lima, profundo aficionado al juego del ajedrez y que había sido fundador del club de ajedrez de Lima en 1874, institución que según consta en sus archivos que hoy son propiedad de la Federación Peruana de Ajedrez, hizo una ceremonia para saludar a algunos de sus miembros que se incorporaban al ejército peruano en 1879, cuando se iniciaba la guerra del Pacífico. Y era amigo cercano de Christian Dam, propulsor de las ideas anarquistas. De esta manera, a través de detalles, el mundo representado por Palma en sus tradiciones despertó mi profundo interés por la historia de mi patria.

Todo lo dicho hasta aquí apunta a una conclusión inicial y es Palma siente poética la historia que está siempre presente en cada uno de sus escritos. Con todo lo que escribió en sus tradiciones, Palma se instala en la imaginación de los peruanos y es el hilo conductor de sus lectores, de cómo creemos que ha sido nuestra historia a lo largo de los siglos. La reciente publicación de una novela de Alonso Cueto sobre “La Perricholi” es muestra palpable de cómo los temas y los intereses de Palma viven en la memoria de los peruanos de hoy. Este es el Palma que conocemos la mayor parte de los peruanos, el de las tradiciones, el que cubre con sus escritos zumbones, varios siglos de nuestra historia, visión literaria de nosotros mismos que ha sido completada por escritores como Ciro Alegría, José María Arguedas, Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro.

Tardamos bastante tiempo en descubrir que hay otro Palma, el Palma ciudadano, el interesado en la manera de gobernar el país, el Palma de las instituciones, del trabajo diario, más allá de su labor en el campo de la ficción. Y la maravilla es que relaciona todo lo que hace, con una finalidad superior, servir al país. Fue esta motivación vital la que lo llevó a fundar la Academia Peruana de la Lengua el 30 de agosto de 1887 y fue el amor al país el que lo impulsó a defender en 1892 la manera de hablar el español frente a los miembros de la Real Academia Española. Y fue ese amor al Perú, el que lo volvió enfurruñado frente a la docta institución de Madrid que actuó de manera dura frente a los reclamos americanos. Con el paso del tiempo, Palma ha triunfado en toda la línea, sus puntos de vista en materia de lenguaje, coinciden, con rara intuición, con la manera de concebir los lenguajes de las corrientes lingüísticas de hoy. Palma reclamaba y está reclamando en derecho de los hablantes a usar su lengua, tal como lo desean, lo más parecida a la de sus propios padres.  Y utilizamos ahora en cada país el lenguaje español, tal como lo hemos desarrollado, con prescindencia de órdenes que vengan de otras partes. El tiempo de los provincianismos ha terminado. El meridiano del buen hablar pasa por todos los lugares. Una última imagen para recordar a Palma, el reconstructor de la Biblioteca Nacional. Las desdichas suelen acicatear a los mejores. Eso ocurrió con Palma después del despojo de libros que sufrió la Biblioteca Nacional en ocasión de la guerra del Pacífico. Pacientemente, con trabajo diario y merced a su gran prestigio, Palma levantó de sus escombros a nuestro mejor repositorio de lectura. Esa sola tarea le garantiza la eterna gratitud de todos los peruanos.