Escrito porAuthor: Patricia Salinas Oblitas

Patricia Salinas 2608

Hace casi un mes desde el fallecimiento de Diego Bertie y, pese a que todos me preguntaban por qué no escribía nada, la verdad es que recién ahora puedo hacerlo. Tanta “cobertura” me hacía demasiado ruido, ver a los reporteros amontonados en la puerta de su casa, del hospital Casimiro Ulloa o de la morgue, tirándose encima de su hija, de su hermano y demás familiares para conminarlos a que digan algo me pareció demasiado. Fue tanta la falta de respeto por el dolor ajeno que la familia tuvo que optar por despedirlo en privado para evitar más impertinencias.

Y tal cómo pasó con Sofía Rocha, cuando después de su muerte todo el mundo comentaba  que fue la mejor actriz peruana de su generación, a pesar de que nadie lo había dicho antes, las muestras de afecto y admiración hacia Diego recién comenzaron cuando ya él no estaba para escucharlas o leerlas. 

Ahora se prepara un disco póstumo, pues él ya dejó toda su parte grabada. Dentro de poco también se estrenará La herencia de Flora, la última película que rodó y estoy segura que ambas cosas tendrán más éxito que nunca, ilógicamente, porque ya no está. ¿Por qué sólo cuando alguien muere comenzamos a reconocer su talento, su calidad personal o su entrega al trabajo? ¿Por qué cuando  ya no está, comenzamos a recordar todos los personajes que Diego Bertie  hizo tanto en teatro, como en cine y televisión y nos damos cuenta, recién, de cuán versátil era y talentoso era?

Y la gran pregunta se cae por sí sola, si hubiera sabido cuánto lo querían, cuánto lo admiraban, cuánto había marcado la vida de varias generaciones, quizás las cosas hubieran sido distintas, pero se fue así, de pronto, como cuando se iba uno de sus personajes después de que bajaba el telón o salía el letrero de fin, en alguna película o novela.

Entre los muchísimos textos que se escribieron después de su muerte, hay uno que me escarapeló el cuerpo, el que la actriz Kareen Spano escribió en su cuenta de Facebook: “Si un día aparezco despedazada a los pies de un edificio, ten la seguridad de que no me caí. Existe una enfermedad llamada Depresión Nerviosa, es MORTAL y es muy probable que haya alguien entre tus amigos o tu familia que la sufra. Basta de hipocresías. Las personas que sufrimos de Pena Profunda no andamos por allí ventilando nuestro mal. Somos gente inteligente y sensible. Y sabemos que las enfermedades de la mente y del alma son TABÚ. La Cobardía social nos aísla. No, la Inmensa Sofía no se resbaló. El Gran Diego, como estupendo actor, tenía un gran equilibrio. No resbaló. Ambos volaron de este mundo. Dejémonos de cobardías. La gente muere, sí. Y algunos, mueren de pena. A algunos nos tienta el vacío. Y no hay NADA de malo en ello. No hay vergüenza ni secreto a media voz. Cuida a quien esté sufriendo, porque es capaz de volar por cuenta propia”

Es un texto muy duro, directo, pero cierto. Hay temas de los que no se habla, probablemente porque no “venden” tanto como, por ejemplo, el hecho de que Diego haya decidido hablar abiertamente de su opción sexual. Dejémonos de hipocresías ¿las muchas entrevistas que le hicieron después de eso, eran realmente por su decisión de regresar a la música? Sabemos que no, sabemos que solo era el morbo de que hable de lo que nunca quiso hablar, de buscar titulares sensacionalistas. Nadie reparó en su mirada triste o peor aún, sí lo hicieron, pero no les importó porque ya tenían su “noticia”.

He perdido la cuenta de cuántas entrevistas le hice durante toda su carrera, pero nos quedó una pendiente, una en la que, por supuesto, solo hablaríamos de la película que dejó hecha y de música: “Contigo no existe final, solo un largo camino que andar…” Hasta siempre, Diego.

(*)  Publicado en Caretas.

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