Escrito porAuthor: Carlos Orellana

Carlos Orellana

Almorzaba ayer con un amigo poeta de mi generación, un hombre que conozco hace medio siglo. En un momento dijo: “ahora que pertenezco a la tercera edad”. Primera vez que le escuchaba admitir algo que siempre había eludido con bromas u otros recursos. No estaba por cierto agobiado por los achaques de la edad, se le veía como un septuagenario lúcido, que caminaba sin dificultad, pero  él jamás fue consciente de una clasificación social que hace veinte años no  nos preocupaba; ahora en cambio admitía que éramos él y yo ciudadanos de una clase especial. Formamos parte  de un grupo etario que goza de algunos privilegios sociales como formaciones o colas especiales, descuentos en los arbitrios o pasajes, o la dispensa para votar. La naturaleza en cambio no solo no nos concede privilegio alguno, sino que empieza a recordarnos que al igual que las máquinas sufriremos por el fin de la vida útil de algunas partes o componentes que se llaman órganos vitales.  Eso de “polvo eres y en polvo te convertirás” habría que traducirlo en realidad como  “ya no hay repuestos para ti y tarde o temprano saldrás de circulación”

Hace 50 años paseábamos floridos veinte por las aulas, patios y corredores de San Marcos. La mayoría de nuestros profesores no llegaban a los cuarenta, algunos  rozaban los cincuenta y nosotros veíamos a estos más viejos de lo que eran. Había bastante jóvenes, casi contemporáneos nuestros, como los poetas Raúl Bueno (1944) o Armando Rojas (1945). Para 1972 Antonio Cisneros y Marco Martos cumplían treinta años; Washington Delgado frisaba los cuarenta y cinco y Francisco Bendezú era un año menor. El mayor de todos estos escritores y poetas era Javier Sologuren, nacido en 1922.

Recuerdo que alguna vez el arequipeño Bueno, tan ligado por muchas razones a su maestro y paisano, el gran crítico y estudioso Antonio Cornejo Polar, nacido en 1936. nos confesó a un grupo de sus alumnos de confianza que ‘Antonio no está preparado para llegar a los cuarenta”; llegaría a esa edad en 1976.

Cuarenta años hoy nos parece el último peldaño de la juventud. A inicios del siglo XIX esa edad era la expectativa de vida en el  mundo civilizado. La mayor parte de la población mundial vivía inmersa en la pobreza y enfermedades como la viruela seguían causando estragos. Pero en doscientos años por ejemplo la esperanza de vida de los ingleses supera los 80 años. Hay casos asombrosos de rápido crecimiento de esta expectativa en países como India y Corea del Sur: en ambos al iniciarse el siglo XX el promedio de vida era de 23 años. Para el 2015, India había logrado triplicar este número y Corea del Sur cuadruplicarlo.

Como seguramente en muchas partes la generación del 70, esa que nació después de la segunda gran conflagración mundial, que creció con el paulatino predominio de los Estados Unidos en el orden mundial, con el American Way of Life como ideal de nuestras clases medias, con el inicio de la Guerra Fría, la Coexistencia Pacífica, la Revolución Cubana y la Crisis de los Misiles, que fue impacta por el Mayo del 68, entre otros sucesos, está vivita y coleando, aunque cojeando a veces por falta de colágeno u orinando en las calles por problemas con la próstata. Pero allí están todavía en circulación, como viejos colepatos.

Algunos queridos camaradas ya han muerto, pero la mayoría sigue en pie, jodiendo como en sus mejores tiempos, porque si hay algo que caracteriza a nuestra generación es que no hemos madurado. Así como se lee. Schopenhauer dice “Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto y los cuarenta siguientes, el comentario. “. Los setenteros estamos leyendo dos veces el mismo libro. Siempre hablando las mismas cojudeces que cuando éramos muchachos, siempre pensando que nuestro mundo no ha cambiado y que aún estamos de moda. Pero a veces los más jóvenes, esta horrible generación que usa en su celular una computadora de la misma capacidad que la del Apolo 11, pero no para llegar a la Luna, sino para estar en la Luna, hablando huevadas todo el día, nos recuerda, o que tenemos pronta fecha de vencimiento, o que esa fecha ya venció y estamos aquí de puros conchudos. Uno de esos mozalbetes intercambió conmigo algunos disparos políticos en Twitter, pero para acallarme tuvo la osadía de decirme “Oye, viejo cojudo, anda a cambiarte de pañal y no jodas. “

      Yo todavía no uso pañales, seguramente en el algún momento lo haré. Y estoy seguro que el chibolo también, si llega a viejo. Pero el asunto de fondo es que, como decía Luis Alberto Sánchez, a veces nos convertimos los tíos en “cadáveres de vacaciones”.

      "Si quieres ser viejo mucho tiempo, hazte viejo pronto", dice Cicerón. O sea que te lleguen a las gonadas eso de la ‘tercera edad"

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